Las Patronas: las mujeres-ángel de "La Bestia", el tren de la muerte mexicano

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La mexicana Norma Romero, miembro de Las Patronas, un colectivo de mujeres que ayuda a los centroamericanos que migran hacia Estados Unidos, visita Alicante
“¿Por qué tenemos que esperar a que pase algo para reaccionar?”

Cada mañana, Norma Romero y otras trece mujeres de la localidad de La Patrona, en el estado mexicano de Veracruz, preparan comida y botellas de agua y salen a las vías. Allí, el silbato anuncia la llegada de la “La Bestia”, un tren de mercancías que cruza México en dirección a Estados Unidos, conocido también como el tren de la muerte. Encaramados en el techo, apretujados entre los vagones, centenares de centroamericanos se juegan la vida para llegar a la frontera y cumplir, o iniciar, su sueño migratorio. “Las Patronas”, como se conoce a este grupo de mujeres, se han convertido en unas expertas lanzadoras de bolsas, sus particulares kits de supervivencia contra el hambre y la sed del viaje. Llevan 21 años ayudando a los que migran. Altruistamente. Porque sí. “Por amor al prójimo y solidaridad”, dice Norma Romero. “Eso es lo que nos ha movido durante estos años”.

Norma Romero visitó la semana pasada Alicante. El centro social Gastón Castelló acogió un encuentro con ella organizado por la Campaña Noviolencia 2018, con el apoyo de la HOAC y otros colectivos sociales. Allí compartió su historia ante un salón de actos repleto de personas, muchas de ellas estudiantes, que escucharon enmudecidos las palabras de esta veracruzana.

“Cuando nosotras empezamos a hacer esto no sabíamos nada. Desconocíamos lo que era Centroamérica, lo que estaba pasando en esos países. Pensábamos que los que iban en esos trenes eran mexicanos, gente joven que quería conocer el país. Pero cuando en 1995 tuvimos el primer contacto con ellos nos dimos cuenta, por su acento, que no eran mexicanos. Y empezamos a platicar y a preguntarnos qué pasaba, de dónde venían, por qué. Nosotras éramos mujeres de campo, no sabíamos qué iba a pasar”, cuenta Norma, que entonces tenía 23 años.

Lo que pasó es que aumentó la violencia en Centroamérica y con ella, el flujo de personas. “A partir de 2010 empezamos a ver también mujeres en el tren, padres con sus hijos. De 2011 en adelante eran más de 800 personas colgadas en el tren”. Tuvieron que organizarse, ir a los supermercados, buscar más apoyos, de la sociedad de civil, de las universidades… Crearon un comedor y un albergue porque las necesidades fueron aumentando también. Según informes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, alrededor de 400.000 centroamericanos realizan cada año esta ruta migratoria hacia el norte. Más de 20.000 son secuestrados en territorio mexicano. Caer en las redes del crimen organizado es uno de los riesgos del viaje. El otro, sus duras condiciones.

“Muchos llegan heridos, mutilados, nosotras los atendemos y cuando están recuperados continúan el viaje”, explica. Las Patronas se han convertido en una especie de ángeles de la guarda. Su labor ha sido reconocida internacionalmente, pero como mujeres, en una sociedad patriarcal como la mexicana, reconoce Norma, “no siempre ha sido fácil”. “Como mujeres de campo, estábamos para la familia, para estar en casa, atender a los hijos, no sabíamos que podíamos ayudar también a otra gente que lo necesitara. Cuando iniciamos esto nos decían que estábamos locas, que cómo podíamos estar con gente desconocida, extranjeros, que si eran delincuentes, que si nos podían hacer daño. Al principio éramos 25 mujeres pero los esposos empezaron a meterles ideas, que si tenían problemas ahí se las verían, y se fueron saliendo. El grupo no ha crecido porque la gente piensa que nos están pagando por hacer esto, que hay dinero y cuando entran y ven que no hay pago se salen. Lo que hacemos es voluntario. Simplemente somos un grupo de mujeres que nos hemos organizamos para responder a grandes necesidades porque dar a quienes menos tienen nos hace más humanos”.

Cuando iniciamos esto nos decían que estábamos locas. Simplemente somos un grupo de mujeres que nos hemos organizamos para responder a grandes necesidades porque dar a quienes menos tienen nos hace más humanos

Norma es una mujer con unas profundas convicciones religiosas y al escucharla uno percibe que es esa fe, en forma de un profundo amor al otro, lo que sigue dando el sentido a lo que hace. En 1996 tuvo una experiencia que ella llama “del Cristo negro”. Había pedido una señal que le mostrara el camino y ésta llegó en “la Bestia”. Un día, cerca de la media noche, cuando ya había terminado la jornada, llegó una compañera avisándola de que el tren acababa de parar y traía a medio millar de personas. Al abrir la puerta, una joven hondureña arrodillada le pidió ayuda. La mujer le contó que habían intentado abusar de ella y su novio, al tratar de defenderla, fue acuchillado. “Cuando fuimos a las vías y vi cómo lo bajaban del tren, ensangrentado, me pareció un Cristo negro y esa imagen me reafirmó. A partir de ese momento supe que yo estaba ahí para servir, ya son 21 años y no nos cansamos, porque cuando las cosas se hacen con amor es difícil cansarse”, sentencia.

En estas dos décadas, Las Patronas han vivido todo tipo de experiencias. Norma es hoy una experta en migraciones, una sabia en los efectos de la violencia sobre los que abandonan sus países para buscarse otra vida, una mujer que entiende de maras y pandillas, pero no desde la teoría ni los libros, sino desde la vivencia y la tierra, de sentir suyo el dolor del otro y desde la urgencia de tener que hacer algo con él. “El ser humano no es malo por naturaleza, algo ha tenido que pasarle en el camino”, dice, y se explica. Siempre desde la experiencia. Una de sus muchas anécdotas.

“En el comedor hemos tenido pandilleros que no imagináis el dolor que cargan. Recuerdo un muchacho que al principio era muy temeroso, tenía miedo de que lo descubriera y llamara a la policía, yo claro que lo había descubierto pero no era nadie para decirle ‘tú no puedes entrar aquí por que eres malo’. Un día me dijo que quería platicar conmigo a solas. Pude haber dicho que no pero creo que el ser humano tiene derecho a una oportunidad. Me dijo: ‘yo sé que voy a morir, ya sea en mi país o aquí en México porque todos los que estamos marcados lo estamos de por vida. Aquí me han tratado como hubiese querido que me trataran de pequeño. Yo crecí en la calle, me golpeaban, me violaban, si yo no era más fuerte me iban a matar, y ahí o le entras o te mueres’. Cuando lo vi llorar lo abracé y él sintió que yo era su familia en ese momento. Lloró lo que tenía que llorar y me dijo: ‘hoy me voy tranquilo porque tuve a alguien que me escuchó, daría las gracias a Dios por haberla tenido como madre’. Esa es la experiencia con uno de los mareros”, recuerda Norma emocionada sin poder evitar las lágrimas.

Pero al instante vuelve a hacerse fuerte: “no nos importa el pasado de la gente”. Y nos lanza un mensaje directo y oportuno en estos días de vergüenza en las fronteras de Europa: “Decimos ay pobres pero no hacemos nada, no nos unimos para defender la vida, para decir basta. ¿Por qué la gente se queda callada? ¿Por qué tenemos que esperar a que pase algo para reaccionar?”.

Publicado en la revista EL TALADRO

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