Shadi Sadr: "Las mujeres en Irán son ciudadanas de segunda"

La abogada iraní Shadi Sadr, en Madrid / © Carmen López/Amnistía Internacional

La abogada iraní Shadi Sadr, en Madrid / © Carmen López/Amnistía Internacional

La situación de los derechos humanos en Irán no parece quitar el sueño a las potencias occidentales, al menos, no tanto como el uranio enriquecido. Así de escéptica se muestra la abogada y activista iraní Shadi Sadr, que se confiesa poco optimista sobre una potencial mejora en este sentido tras el acuerdo nuclear alcanzado hace unos días en Lausana (Suiza).

Sadr visita España esta semana gracias a Amnistía Internacional coincidiendo con el inicio del debate en el Parlamento iraní de dos nuevas leyes encaminadas a aumentar la población que restringirán aún más los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Para esta abogada exiliada en Londres, desde donde dirige la organización Justice for Iran, estas medidas constituyen tan solo una muestra más de la escasa voluntad política que ha demostrado la actual Administración de Hassan Rohaní por mejorar los derechos humanos y, en particular, los de las iraníes.

¿Cómo ha recibido la comunidad de defensores de derechos humanos en Irán el acuerdo provisional sobre el programa nuclear?

Este tema es un motivo constante de preocupación. El problema nuclear siempre ha ensombrecido la cuestión de los derechos humanos y esto es algo que ahora nos inquieta especialmente. Algunos analistas opinan que al rebajarse la tensión entre Irán y el resto de potencias se podría dar un buen escenario para llamar la atención sobre los derechos humanos, pero yo no soy tan optimista.

No creo que la resolución de esta disputa vaya a traer una mejora de la situación. Irán tendrá buenas relaciones económicas con el mundo sin el temor a que el mundo le critique por las violaciones de derechos humanos, eso les dará más manga ancha en cuanto a políticas internas.

En 2013, Hassan Rohaní sucedió a Mahmud Ahmadineyad con promesas de reformas, sin embargo, el relator especial de la ONU sobre Derechos Humanos en Irán dice en su último informe que no ha habido avances significativos. ¿Por qué no acaban de llegar?

Cuando Rohaní llegó al poder existía una percepción de que durante su mandato mejoraría la situación de los derechos humanos, había hecho muchas promesas en términos de libertad de expresión, de asociación, de mejorar las condiciones de las minorías étnicas y religiosas, de las mujeres… Pero no hay evidencias de que las violaciones de derechos humanos hayan descendido, al contrario, la situación es incluso peor, se está produciendo un deterioro.

¿Por qué? Algunos creen que son las facciones más duras las que están bloqueando el cambio pero yo no lo veo así. El gobierno de Rohaní no ha demostrado ninguna voluntad política de mejorar la situación de los derechos humanos y un ejemplo muy claro son los derechos de las mujeres.

Luego está el papel de actores como la Unión Europea, que parece haber suspendido todos los esfuerzos que solía hacer para vigilar los derechos humanos. La UE debía tener dos sesiones al año para revisar las sanciones impuestas a Irán pero desde marzo de 2013 no ha habido ninguna, ninguna después de que Rohaní asumiera el poder. Lo justifican diciendo que no quieren ofender al gobierno durante las negociaciones, que no quieren romper las relaciones, que no es más que una perspectiva de relaciones económicas. Los derechos humanos se quedan fuera y no parece que vayan a volver a estar en el horizonte.

¿Qué aspectos son los que más le preocupan de este retroceso de derechos?

¡La lista es muy larga! Pero si tuviera que priorizar diría que la libertad de reunión y de asociación. Como persona que procede de la sociedad civil iraní y de los movimientos de mujeres, soy consciente de que no puede producirse ningún cambio sin una sociedad civil fuerte.

La era Ahmadineyad fue muy dañina, prácticamente destruyó la sociedad civil, se cerraron medios de comunicación, ONG, fuimos arrestados u obligados a abandonar el país. Una nueva generación de activistas tiene que emerger y eso va a ser muy difícil sin esas garantías. Hoy en día no se puede crear una ONG sin el permiso del Ministerio de Interior, y es un proceso muy largo, casi imposible para los activistas independientes, que deben probar su lealtad a la República Islámica, a la Constitución, al líder supremo…

Usted sufrió personalmente esa ofensiva de la que habla.

Sí, yo había fundado Raahi, un centro legal para mujeres vulnerables. En él no hacíamos política, tan solo ofrecíamos asesoramiento y servicios sociales para mujeres pobres pero cuando me arrestaron en 2009 el Ministerio de Inteligencia lo cerró y ya no ha vuelto a funcionar.

Desde 2009 [cuando se produjo la llamada «Revolución Verde» tras las elecciones presidenciales que dieron la victoria a Ahmadineyad entre acusaciones de fraude electoral] la situación fue empeorando cada vez más para la sociedad civil y para el movimiento de mujeres.

Precisamente esta semana el Parlamento iraní comienza a debatir dos proyectos de ley muy polémicos que pretenden aumentar la población y que, según Amnistía Internacional, reducirían a las mujeres a «máquinas de procrear».

Estos proyectos de ley, desafortunadamente, forman parte de las nuevas políticas introducidas por el líder supremo, Alí Jamenei, que han tenido el respaldo del gobierno, tanto durante el mandato de Ahmadineyad como ahora con Rohaní. Básicamente, lo que pretenden es hacer que las mujeres retrocedan a sus roles tradicionales de esposas y madres y son un claro ejemplo de esa falta de voluntad política de mejorar la situación de las mujeres y las niñas.

Incluso Jamenei anima a las jóvenes a casarse a una edad cada vez menor cuando, al mismo tiempo, las estadísticas arrojan las cifras más altas de matrimonio temprano en la última década. ¿No resulta preocupante?

El tema de los matrimonios tempranos es un claro ejemplo de cómo han empeorado las cosas. El año pasado publicamos un informe en el que denunciábamos que estaban aumentando y se estaban dando casos por debajo de los 13 años, que es la edad legal para las niñas. Lo que sucede es que si los padres o abuelos obtienen un permiso en un juzgado pueden casarse con una menor de 13 años.

Esto es muy preocupante y según las estadísticas está ocurriendo, no sé si por cuestiones de pobreza o por qué, pero jueces y padres están jugando un papel importante en esto. Trasladado a la política, cuando los medios de comunicación se hicieron eco de nuestro informe la vicepresidenta de Asuntos de la Mujer prometió que lo investigaría y ordenaría a los jueces no dar esos permisos pero han pasado nueve meses y nada ha cambiado.

La iraní es una sociedad vibrante y sus mujeres son muy activas, no se someten a esas leyes discriminatorias, expresan su rechazo siempre que pueden, aunque a veces sean silenciadas de forma muy dura. El problema es que siempre que se habla de derechos de las mujeres en Irán se nos presenta como sometidas a esas discriminaciones y no es del todo así.

La lista de leyes que discriminan a la mujer en Irán es larga pero se resisten a ser ciudadanas de segunda, ¿qué las hace fuertes?

El activismo forma parte de la naturaleza humana, sobre todo cuando estás en frente de injusticias, de desigualdad… Resistes. Las mujeres iraníes compartimos una larga historia de resistencia, y hemos conseguido cosas, eso nadie lo puede ignorar. La iraní es una sociedad vibrante y sus mujeres son muy activas, no se someten a esas leyes discriminatorias, expresan su rechazo siempre que pueden, aunque a veces sean silenciadas de forma muy dura. El problema es que siempre que se habla de derechos de las mujeres en Irán se nos presenta como sometidas a esas discriminaciones y no es del todo así.

Las noticias suelen contar lo que el gobierno iraní hace, lo que dicen las leyes pero no cuentan la historia de la resistencia diaria, del rechazo a esas leyes y de las consecuencias de ese rechazo en nuestras vidas. Se nos presenta sin matices y esas no somos nosotras.

En su caso, su activismo la llevó a ser detenida en dos ocasiones y permaneció dos semanas en la prisión de Evin en 2009 por participar en unas manifestaciones pacíficas. La acusaron de actuar «contra la seguridad nacional» y fue condenada en 2010 «in absentia» a seis años de cárcel y 74 latigazos. ¿Qué recuerda de aquellos días?

Tuve la suerte de no sufrir las torturas y abusos por los que pasan otras mujeres en Evin. La segunda vez que me arrestaron Amnistía Internacional lanzó una acción urgente tan solo tres horas después, recuerdo que era mi segundo día en prisión, estaba sentada de cara a un muro y solo podía escuchar la voz de mi interrogador que me preguntó si es que yo había acordado algo con Amnistía.

Les dije que no pero no pude esconder la emoción de que desde tan lejos se estuviera haciendo una campaña por mí. Ese tipo de cosas me convirtieron en una presa privilegiada pero estando allí fui realmente consciente de los abusos que sufren otras mujeres, las mujeres menos conocidas, los vi y los escuché. Por eso, cuando abandoné el país y creé Justice for Iran la primera investigación que hicimos fue sobre abusos sexuales y torturas contra presas políticas en Irán.

Abandonó Irán pero continuó con su trabajo en el extranjero, algo que le ha traído recientemente acusaciones de traición o de ser una espía al servicio de la inteligencia británica, ¿cómo recibe esos ataques?

Desde que fundamos Justice for Iran, en 2010, hemos hecho muchos trabajos de investigación e incidencia con el objetivo principal de que los perpetradores de abusos a los derechos humanos rindan cuentas. Esas acusaciones proceden de Press TV, un canal 24 horas en inglés que pertenece al gobierno iraní.

La razón que hay detrás de ellas es que conseguimos que la Unión Europea sancionara a dos de sus oficiales incluyéndolos en la lista de personas vinculadas con violaciones de derechos humanos a raíz de un informe que elaboramos sobre su implicación en la difusión de confesiones obtenidas mediante torturas de presos políticos que luego se utilizaban contra ellos. Es su forma de vengarse, y eso me ha traído amenazas y comentarios como que debería ser extraditada a Irán y ahorcada o cosas así, pero sabiendo de donde vienen no me preocupa.

¿Qué la convirtió en defensora de derechos humanos?

No fue nada en concreto, es un proceso. Uno no decide convertirse en activista porque sí, sucede porque tiene que ser, porque hay situaciones en las que no puedes seguir aceptando la discriminación. Sí hay hechos que te marcan especialmente y en mi caso fue la maternidad.

Tenía 25 años, me había graduado en una de las mejores universidades, era muy activa y cuando tuve a mi hija sentí el estigma de ser madre y regresar al trabajo.

¿Acaso era una irresponsable? Fue la primera vez que sentí lo que significa «ser mujer» en una sociedad como la iraní y un momento clave en el proceso de convertirme en quien soy.

 

Publicado en eldiario.es el 10 de abril de 2015

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